En este artículo se presentan los fundamentos teóricos básicos de la extracción, así como los sabores que te ayudarán a comprender qué son la sobreextracción, la subextracción y la extracción ideal.
La extracción es, sin duda, el aspecto más importante en la preparación del café y, a menudo, causa confusión entre los baristas. Es la base de todo: sin extracción, no podrías preparar ni una sola taza de café.
He aquí mi definición muy simple, aunque quizá no del todo precisa:
La extracción es todo lo que el agua extrae del café.
Parece sencillo, pero entenderlo y aplicarlo correctamente no es tan fácil.
En esta etapa no quiero profundizar en las grasas, los lípidos ni en otros microcomponentes de la extracción. Prefiero centrarme en información práctica y comprensible: cómo degustar, evaluar y manipular la extracción. El análisis químico vendrá más adelante.
Cuando mezclas café con agua, ocurren muchos procesos diferentes. El más simple y evidente es la disolución del sabor del café en el agua. Casi todas las sensaciones que experimentas al beber café provienen de sustancias que el agua disuelve en él. Todo lo demás son sustancias no solubles, principalmente diminutas partículas que influyen en la sensación táctil en la boca. Estas no participan en la extracción, ya que simplemente flotan en el agua.
Los granos de café tostados son aproximadamente un 28 % solubles en agua (en peso). Esto significa que, en teoría, podrías disolver hasta un 28 % de la masa del grano. El resto está compuesto por celulosa y materiales vegetales que conforman su estructura.
El agua disuelve bien los compuestos químicos, pero necesita ayuda. Si simplemente arrojas un puñado de granos enteros en agua, solo lograrás disolver la capa exterior. El grano tiene una estructura densa y compleja: el agua no puede atravesarlo fácilmente para arrastrar los compuestos del sabor. Para ayudar al agua, debemos aumentar la superficie del grano, es decir, “abrirlo” para que el agua pueda extraer todo su sabor.
Esto se consigue fácilmente con un molinillo: al moler los granos, su superficie aumenta exponencialmente, permitiendo al agua hacer su trabajo.
Quizá en un universo paralelo podríamos moler el café hasta hacerlo polvo, añadir agua y disolver todo su sabor. Pero, lamentablemente, en nuestro universo eso produciría una taza terriblemente amarga y desagradable. No todos los compuestos del café son agradables, por lo que debemos controlar cuántos y cuáles se extraen para obtener un sabor equilibrado y placentero.
Tampoco podemos simplemente usar más café y extraer menos para evitar la sobreextracción: la subextracción también es indeseable (hablaremos de ella más adelante).
La mayoría de las personas conciben la extracción como una carretera de doble sentido, donde lo ideal es mantenerse en el centro, evitando tanto la sobreextracción como la subextracción.
Por ahora basta con esta sencilla analogía. Más adelante iremos aumentando la complejidad. Así pues, tenemos una carretera de doble sentido llamada “extracción”.
Subextracción
La subextracción ocurre cuando no se logra extraer suficiente sabor del café. En el café quedan compuestos que podrían haber equilibrado el sabor del resultado final, lo que genera un perfil con elementos indeseables.
Imagina un shot de espresso preparado demasiado rápido, un ristretto hecho con un café de especialidad tostado para espresso. El resultado será ácido, salado, sin dulzor y con un regusto corto y extraño. Estos cuatro rasgos son los signos más claros de la subextracción. Veámoslos más de cerca.
Acidez desagradable (no confundir con acidez positiva)
Es un tema complejo, especialmente considerando lo valorada que es la acidez en el café de especialidad. Muchos se preguntan: “¿No son lo mismo la acidez y el sabor agrio?”. Es una buena pregunta, ya que en muchos idiomas los términos suenan parecidos (en inglés, acidity y sourness), lo que complica las catas multilingües.
Consideremos que la agrura (sourness) es un sabor negativo: una sensación ácida, punzante y repentina que provoca una reacción inmediata —puedes fruncir el ceño o sentir un cosquilleo en la lengua—. Es un sabor no deseado.
La acidez (acidity), en cambio, puede ser tanto positiva como negativa; es una categoría de sabor. Por ejemplo: “Este café tiene una acidez deliciosa” o “La acidez de este café es muy punzante”. Ambas frases tienen sentido. La acidez abarca todos los matices brillantes, jugosos y vivos del sabor del café.
Falta de dulzor
En mi opinión, el dulzor es el aspecto más importante del sabor del café. Es lo mejor que puede ofrecer.
¿Alguna vez has oído a alguien decir “¡este espresso es demasiado dulce!”? Probablemente no. Siempre deberíamos intentar extraer dulzor. Es difícil de conseguir, pero la recompensa lo vale.
La subextracción carece de dulzor, dejando una sensación de vacío y falta de sabor. Sin embargo, esta falta de dulzor también puede ocultar la acidez, lo que a veces hace que la subextracción parezca más tolerable que la sobreextracción.
Sabor salado
No todos estarán de acuerdo, pero sostengo que el café subextraído tiene un toque salado. No es que sepa a sal añadida, pero deja una sensación similar en la lengua, comparable a la que producen los compuestos alcalinos.
Dato curioso: los ácidos y las sales son más solubles que los azúcares, por lo que el café subextraído puede saber amargo y salado, ya que los azúcares aún no se han disuelto.
Regusto corto
Un café bien extraído tiene un posgusto que puede durar minutos (o incluso horas), como si quedara azúcar moreno en la lengua.
El café subextraído, en cambio, pierde el sabor casi al instante. No deja una sensación agradable, y la impresión final es abrupta y poco satisfactoria.
Existen otros indicios de subextracción, pero estos cuatro son los más evidentes. Si percibes alguno, puedes estar seguro de que parte del café no se ha extraído correctamente.
Sobreextracción
La sobreextracción ocurre cuando se extraen demasiados compuestos del café, lo que produce sabores desagradables.
Imagina un espresso preparado durante 40–50 segundos con un café de tueste medio. Seguramente lo has probado: amargo, secante y vacío.
Estos tres rasgos son los indicadores más claros de la sobreextracción.
Amargor
Todos lo hemos experimentado: el café amargo. Pero el café sobreextraído lo es aún más, comparable al licor Campari, intensamente amargo.
Gran parte de esta amargura proviene de la cafeína, aunque hay muchos otros compuestos responsables. Los tuestes más oscuros, resultado de la destilación en seco, contienen aún más de estas sustancias.
Dato curioso: existen miles de compuestos (algunos incluso tóxicos) que nuestro cuerpo percibe como “amargos”. Es un mecanismo biológico de advertencia: “no comas esto”.
Sensación secante (astringencia)
La sequedad en el café es muy negativa, ya que deja una sensación persistente. Es lo que en cata se conoce como astringencia, similar a la que se percibe en el té negro, en vinos tintos jóvenes o en algunos blancos envejecidos.
La provocan los polifenoles, compuestos presentes en plantas, semillas y cortezas. Estos se unen a las proteínas de la saliva y “roban” la humedad de la lengua, produciendo una sensación áspera, como de papel de lija.
(No debe confundirse con los términos “vivo” o “seco” usados en el vino, que se refieren a la acidez y al dulzor, respectivamente).
Vacío y falta de carácter
Este es mi descriptor personal para la sobreextracción: el café pierde su esencia, se vuelve plano y sin vida, como si al extraer demasiado hubieras eliminado lo que lo hacía especial.
Un café bien extraído tiene cuerpo, suavidad y jugosidad; uno sobreextraído resulta áspero, hueco y desagradable. Esta pérdida de carácter, más que la presencia de un sabor concreto, es lo que mejor define la sobreextracción.
Estos son los principales indicadores, aunque hay más. Lo más importante es que no dependen del tipo de café: incluso la mejor Geisha del mundo puede resultar amarga o vacía si está mal extraída.
La mayoría de quienes trabajamos con café de especialidad buscamos crear un producto que valga lo que cuesta. Los errores de extracción no nos ayudarán a lograrlo.
Extracción ideal
La extracción ideal es un pequeño milagro. Requiere equilibrar muchas variables para obtener, como recompensa, una pequeña taza de perfección.
Imagina la mejor taza de café que hayas probado: dulce y madura, con una acidez equilibrada y agradable, quizá compleja, y con un posgusto interminable.
Dulzor y jugosidad
Como mencioné antes, este es el Santo Grial del café. He dedicado mucho tiempo a buscar más jugosidad en la taza, aunque nunca se puede extraer “todo” el sabor.
Piensa en una ciruela u otra fruta de hueso durante su maduración: al principio es ácida y punzante, luego se vuelve más dulce, más rica y profunda. Llega un momento en que puedes oler esa dulzura antes de probarla. Esa es la sensación que buscamos en una buena extracción.
Limpidez y claridad
George Howell, experto en café, describe el método de procesamiento como una ventana a través de la cual vemos el café. Me gusta ampliar esta metáfora y considerar la extracción (y el tueste) como los cristales de esa ventana.
Si tu café está subextraído o sobreextraído, el “cristal” se enturbia y te impide percibir el verdadero sabor del grano. Los errores de extracción distraen y pueden arruinar la experiencia.
Acidez equilibrada
Una acidez fina, compleja y distinguible es otra de las grandes virtudes del café.
Cuando la acidez te recuerda una fruta o incluso un vino, estás ante algo especial. Si puedes identificar qué fruta y cuándo la probaste, has alcanzado una extracción excelente.
Posgusto prolongado
No hace falta explicarlo mucho: un posgusto largo y persistente es el signo más claro de una buena extracción.